Los persas de la antigüedad clásica, bajo el cetro de Ciro (Ciro II el Grande), fueron los dueños del mundo conocido de la época. En realidad, para que esta aseveración sea real debo escribir que a falta de conquistar un país-tribu, los maságetas, en las estepas del Asia profunda. Y el gran Ciro puso manos a la obra. Utiliza el ardid de pretender en matrimonio a Tomiris, la reina de los maságetas, pero ella se da cuenta de la estratagema y lo rechaza. Ciro, entonces, le declara la guerra y pone en marcha una abrumadora expedición: columnas de soldados, animales y máquinas para la batalla; vencen desfiladeros en las altas montañas, atraviesan desiertos, caminan por estepas sin fin…, y el monumental ejército es diezmado por la naturaleza, con soldados despeñados, muertos de sed, perdidos en la estepa… En medio de semejante desolación, sólo Ciro viaja con comodidad, con tanta comodidad como muestra este botón: le sigue una recua de carros tirados por mulas que trasladan vasijas de plata que portan agua hervida, naturalmente que custodiadas con solicitud. Los soldados se mueren de sed al lado de carros llenos de agua hervida y fresca. Hasta aquí quería llegar, Tolico. Satisfago tu curiosidad: Ciro sufre una derrota épica y Tomiris le corta la cabeza.
martes 27 de julio de 2010
La parábola de Ciro
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lunes 26 de julio de 2010
De madrugada, en «La Estrella Polar», de COPE, con José Javier Esparza y su equipo
Querido Tolico:
En Desde
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jueves 22 de julio de 2010
«… es imposible detener el tiempo» (Kapuściński)
Gracias a Pato por su continuidad y por su comentario, especialmente cuando se refiere a Londres como ciudad cautivante y ya sin lugar para Jack el destripador.
Mi querido Tolico:
¡Resulta imposible detener el tiempo!, escribe Kapuściński en Viajes con Heródoto. Estoy seguro de que piensas que Kapuściński no descubre la piedra filosofal, pero, por favor, léelo serenamente y reflexiona en torno a su pensamiento. Desde Delhi, Kapuściński se dirige a Benarés y, ¿qué descubre? Mientras los peregrinos del Camino de las Estrellas siguen los pasos del sol hasta observar su desaparición en Fisterra engullido por el mar tenebroso, Kapuściński, en una de las orillas del Ganges, en unas escaleras de piedra, cual fiel testigo, aguarda a que salga el sol, igual que cientos, tal vez miles de ciudadanos indios, a la espera, ¿de qué? Y a propósito del hecho, escribe:
En efecto, todavía era noche cerrada cuando la gente ya había empezado a dirigirse hacia el río. Personas solas. En grupo. Clanes enteros. Auténticas columnas de peregrinos. Tullidos con muletas. Ancianos reducidos a meros esqueletos, llevados a hombros por hombres jóvenes. Otros, sin nadie que les ayudase, exhaustos y hechos un amasijo de carne enferma, se arrastraban a duras penas por un asfalto maltrecho y lleno de agujeros. Junto a las personas caminaban vacas y cabras, así como perros palúdicos, en puros huesos. Al final, también yo me uní a aquel extraño misterio.
Una vez más, Tolico, los extremos se tocan.
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lunes 19 de julio de 2010
Disparando con pólvora ajena
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